La contemplación serena

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En paralelo a su obra poética, mucho más conocida desde el aldabonazo de ‘Sepulcro en Tarquinia’ (1976), siempre renovada y mantenida a gran altura, el leonés Antonio Colinas ha ido fraguando una labor en prosa tan extensa como intensa e igualmente de primera magnitud, citemos por ejemplo, por ser relativamente reciente, la recreación de momentos primordiales de su vida ‘Memorias del estanque’. Pues bien, de entre sus libros en prosa, en absoluto prosaicos, tal vez los más conocidos sean los ‘Tratados de armonía’, que ahora se publican completos, también en edición primorosa de Siruela, con la adición del último, inédito, el más extenso con diferencia porque ocupa casi como los tres anteriores juntos.

El tratado que se incorpora a esta edición, el cuarto, se inicia con una nueva lectura de Boris Pasternak, -su poética es en cierto modo espejo de la del propio Colinas- a partir de su obra más conocida, ‘El doctor Zhivago’. Se trata de una exégesis pormenorizada, compuesta por fragmentos condensados, que enmarca en la convulsa época de la escritura de la novela y en diálogo con la fecunda literatura rusa en general (Blok, Tsviétaieva, Chejov, Pushkin, Solzhenitsyn, Tolstoi…). En relación con lo primero, subraya la tensión lírica y el humus de lo sagrado presente durante todo el argumento, en peligro constante por la ascensión de los totalitarismos, cuyo advenimiento radical se antojaba inevitable. Y dentro de esta tensión entre extremos, de la «eterna dualidad», sintagma básico en la cosmovisión de Colinas, aborda aspectos poco frecuentados de la novela, que derivan en su conjunto del «afán de religare, de unión armónica, de Unidad» y del concepto de «viaje interior»: la huella de la infancia del Nobel ruso diseminada en diversas escenas; el amor en plenitud, centrado sobre todo en Lara, trasunto de su mujer Olga, «la chica de la pistola», de una hermosura que «hacía enloquecer»; el Arte frente a la desolación del mundo; la presencia latente del inconsciente colectivo jungiano; la felicidad, en fin, de la existencia cifrada en la articulación fructífera de la belleza y del arte.

  • Siruela (Madrid) 440 páginas
  • 3,95 euros

Acompañan al apasionado acercamiento a Pasternak dos incursiones por geografías determinantes -pues entiende nuestra civilización como complementaria de las suyas y por eso busca siempre «sin sectarismo alguno, luz en otras culturas»- en la configuración del universo creativo de Colinas: el próximo y el lejano Oriente, fuentes de lo que Huxley llamaba «la sabiduría perenne». De su emoción espiritual por la Tierra Santa sabíamos gracias al libro de poemas ‘Desiertos de la luz’. En el apartado «Del cuaderno de Jerusalén» volvemos a asistir a esa conmoción, con el alma en vilo, a veces en vela, entre una apoteosis de nombres bíblicos, lugares por los que pasea nuestro autor, imantado por el magnetismo de una luz invasiva, purificadora, «blanca y fogosa, que exalta o enloquece a los que la habitan», a través de caminos recorridos por símbolos de lo sagrado: «el monte, las rocas, la piedra, el muro, las puertas, la fuente, el estanque, la gruta, la tumba, la lucerna, la cruz, unos olivos…».

‘En la Montaña Kumgang’ rememora un viaje a las dos Coreas, otra polaridad extrema, por invitación del poeta y candidato al Nobel Ko Un, de quien Colinas ha editado la antología ‘Fuente en llamas’ (Linteo) y a quien se encomienda, así como al monje-poeta Manhae, al parecer pariente oriental de San Juan de la Cruz. Las notas más palpitantes corresponden a la ascensión a la cima sagrada del epígrafe, tras una invitación oficial, y aun así de pesadilla, del siniestro país del Norte -he recordado la escalofriante lectura, hace unos años, de la novela ‘La acusación’, sacada clandestinamente del país-. Acompañado por el grupo de poetas asistentes, al principio, pues se van dispersando, la subida hasta la montaña emblemática, un punto sonámbula, incluso algo «disparatada», con anclaje iniciático, no se olvida. De su experiencia con estas remotas sabidurías, en concreto con la de la colindante China, Colinas nos ofreció hace tiempo otro libro excepcional, de parecida factura a los tratados, ‘La simiente enterrada’, y tiene pendiente transmitirnos por completo sus reflexiones sobre la India.

Separábamos al principio el quehacer lírico del realizado en prosa, no obstante, la poesía permea los tratados; en realidad su raigambre está latente en todos los libros del autor. De hecho, hay partes en esta cuarta entrega que pueden considerarse prosa poética, sin más, como la que cierra el volumen, una docena de páginas sobre «la práctica del respirar consciente», de origen precisamente hindú, el ‘Pranayama’ del yoga, en pos de la unidad de «cuerpo y psique, materia y espíritu», resumida en el inicio de la entrada final del libro: «Vuelve los ojos hacia dentro, pues allí encontrarás siempre lo que has buscado toda la vida fuera de ti»; o la sección «Del otoño avanzado de la vida», apuntamientos, entre la paz, la lectura -de Tagore a Thoreau, de Eliade a San Agustín, de Stevenson a Stendhal, de su querida María Zambrano a Séneca, a lo largo del libro- y la «contemplación de la naturaleza, que es la Maestra», tanto en el pueblo medio abandonado de los ancestros, lo desnudo arraigado de su Noroeste, como en el sensual espíritu mediterráneo ibicenco, con visitas a otros espacios de equilibrio como Roma o El Prado.

En suma, los tratados, publicados casi de década en década, son el fruto indudable de mucha sedimentación, de la misma lentitud y detenimiento que se predica en su contenido, desvelan la atentísima mirada de un hombre tranquilo, exento de crítica acerba, de ironía, casi hasta de nostalgia. En cambio, esa mirada hacia la plenitud del ser, de la que nace el sentido del libro, se basa en la piedad y en la aceptación, en la compasión hacia los débiles y hacia todas las criaturas. Y de continuo leyendo, mediante la palabra acordada, en el ejemplo de la naturaleza, incorporándose a sus ciclos; de continuo contra la desacralización de estos tiempos, a favor de la trascendencia, de lo que está más allá.

Desde que hace aproximadamente treinta años disfruté por vez primera del tratado de armonía inaugural, siempre he considerado, y tal impresión no ha hecho sino consolidarse y acrecentarse con las sucesivas entregas, que allí, aparte de una lección permanente en torno al pensamiento inspirado y al hallazgo lírico del «instante de oro», estaba uno de los lugares de sosiego a los que acudir en busca de acompañamiento e incluso de consuelo. Pocas páginas me han resultado tan acogedoras -y uso el verbo en sentido literal- como éstas, a tal punto que me ha dado cierto reparo violentar mediante la exégesis unos textos que transmiten una calma y un ánimo de espíritu difíciles de superar, siempre desde las tres ‘eses’ necesarias para que cuaje el fulgor de la palabra, con que se cerraba ya el tratado primero: «soledad, serenidad, silencio».

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