Cuatro décadas a bordo de la nave corsaria

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Se acabó lo de tener un trabajo decente y ponerse las narices de payaso los fines de semana». Fernando Urdiales recordaba hace quince años el paso dado un cuarto de siglo antes, en 1982, para poner en pie una aventura escénica que ahora cumple cuarenta. El que fuera director de Teatro Corsario hasta su muerte en 2010, psiquiatra de profesión, estuvo acompañado en esos momentos iniciales por otros que como él dieron un giro en su vida para dedicarla a su verdadera vocación. Eran «un histórico del teatro vallisoletano como Juan Ignacio Miralles, Licas, los doctores Rosa Manzano y Pedro Vergara, el filólogo Javier Semprún, el historiador y geógrafo Luis Miguel García; Eduardo Gijón o María José Pelayo, Margarita Santos y José Urbistondo», según el recuento que aparece en el libro ‘Corsarios. 25 años de teatro’, firmado por el escritor Víctor M. Díez y editado por la Junta de Castilla y León en 2007.

Algunos siguen al pie del cañón cuarenta años después, de otros tuvieron que despedirse y otros llegaron para quedarse, como Jesús Peña, que se incorporó en 1985 y hoy continúa como uno de sus pilares en la escena y la dirección. Entre todos levantaron y mantuvieron un proyecto arraigado en Valladolid que acumula cuatro décadas de aventuras escénicas y riesgos continuos. Saltaron de textos contemporáneos al teatro clásico y se aventuraron después por los caminos apenas transitados de los títeres para adultos, y rompieron los moldes de este género casi siempre asociado al público menudo, precisamente con Peña al frente.

Fernando Urdiales, en una exposición dedicada a Teatro Corsario

Aunque hoy resulta llamativo a la vista de la trayectoria posterior, todo empezó con Tennessee Williams y el montaje ‘Sin abuso de desesperación’, creado a partir de tres piezas cortas del autor, y en ese primer año (1982) también produjo el primer recital, ‘Diciéndolo de nuevo’, un formato que mantienen en la actualidad: entonces de poesía contemporánea, ahora preferentemente de verso clásico. En un primer acercamiento a textos anteriores, en 1983 llegó ‘La caza del Snark’, de Lewis Carroll, aunque en versión de Leopoldo María Panero. Pero aún faltaba para el encuentro providencial con el Siglo de Oro español. Antes llegarían ‘La voz humana’, de Cocteau, codirigida por Urdiales y Licas; ‘Comedias rápidas’, adaptación de piezas de Jardiel Poncela; ‘Para terminar con el juicio de Dios’, de Artaud, o la provocadora ‘Insultos al público’, de Handke.

Formaban equipos amplios, hasta con músicos, y no solo el que ha puesto banda sonora sus trabajos durante tantos años, Juan Carlos Martín. «… se puede decir que perdíamos dinero por arrobas», confesaba Urdiales a Víctor M. Díez al hilo del montaje del ‘Snark’, tal y como aparece en el libro conmemorativo del 25 aniversario. «La verdad es que era un repertorio demasiado punk para la época», recuerda Semprún en esas mismas páginas dedicadas a plasmar el diario de a bordo de la denominada «nave corsaria».

Cinco años después de su fundación Corsario se encontró con los clásicos. En 1987 estrenó ‘Sobre ruedas’, armado con piezas cortas de Lope de Rueda en prosa. El verso llegaría solo un año después con ‘Pasión’, un montaje inspirado en las tallas procesionales de la Semana Santa vallisoletana que no se entendió de entrada entre su público habitual, pero que sigue vivo en el repertorio de la compañía 34 años después. Si ya habían pasado por locales de toda condición, este trabajo encontró su escenario ideal en las iglesias. De la transformación de los actores en esculturas barrocas dice mucho una anécdota recogida en el libro de los 25 años: «… un cofrade de una parroquia quiso entrar en su iglesia para ver que hacían ‘esos del teatro’. Miró largo tiempo y no viendo nada extraño, fijó su mirada en el nuevo crucificado que se había erguido ante el altar -que era el actor Jesús Peña, sobre el que los técnicos probaban la luz- y dijo muy digno al salir: «Bueno, me voy pero esa imagen me la quitan de ahí y me vuelven a poner nuestro Cristo’».

Por tierras de Celama

‘El espíritu del páramo’, ‘La ruina del cielo’ y ‘El oscurecer’, títulos con los que el novelista Luis Mateo Díez construyó su territorio literario de Celama dio pie a una aplaudida obra homónima de Teatro Corsario. A Fernando Urdiales le he visto orientarse en Celama con mucho conocimiento de causa, apenas necesitó de mi ayuda, el primer día que vino a verme me pareció que venía de allí», aseguraba el escritor en el libro ‘Corsarios. 25 años de teatro’. El autor consideró «un orgullo» que la compañía cerrase con esta «liturgia mortal» una suerte de ‘trilogía de la muerte’ que se había iniciado con las ‘Coplas’ y ‘Pasión’.

A la vuelta de la esquina estaba ya ‘El gran teatro del mundo’ (1990), el primer Calderón, que terminaría por convertirse en poco menos que el autor fetiche de la compañía y en el más representado. Ahí están como prueba ‘Amar después de la muerte’ (1993), ‘La vida es sueño’ (1995), ‘El mayor hechizo, amor’ (2000) y ‘El médico de su honra’ (2012), este ya dirigido por Jesús Peña, quien en la actualidad baraja otro texto de referencia del escritor del Siglo de Oro, ‘El alcalde de Zalamea’ . Y entre esos títulos, aún con Urdiales al timón, llevaron a escena otros referentes españoles y universales: la selección de entremeses barrocos ‘Clásicos locos’; ‘Asalto a una ciudad’ (versión de Alfonso Sastre de ‘El cerco de Mastrique’, de Lope de Vega, con la que pasaron por el festival de Almagro), ‘Los locos de Valencia’ y ‘El caballero de Olmedo, también de Lope; ‘Coplas por la muerte’, de Jorge Manrique; ‘Edipo rey’, de Sófocles; ‘Titus Andrónicus’, de Shakespeare; ‘Don Gil de las calzas verdes’, de Tirso…

«Al teatro clásico le deben sus principales señas de identidad, y el teatro clásico debe a Corsario uno de los intentos más serios que se han desarrollado en nuestros días por asumir e integrar un legado tan espléndido como insuficientemente atendido», aseguraba el profesor de Literatura Española de la Universidad de Valladolid Germán Vega en el libro del 25 aniversario.

Premios Max y Castilla y León

En la ‘época Urdiales’ nacen también ‘La barraca de Colón’, obra del propio director en una mirada sarcástica a la conquista de América que recibió en 2007 el Premio Max al mejor espectáculo revelación, justo cuando la compañía cumplía 25 años sobre las tablas. Y ‘Celama’ (2004), recreación de la trilogía de Luis Mateo Díez que firmó con el novelista leonés y con la que ambos ganaron el premio de la Asociación de Directores de Escena de España (ADE) a la mejor adaptación teatral. Fernando Urdiales se había convertido en 2004 en el primer creador del mundo del teatro en recibir el Premio Castilla y León de las Artes.

Escena del montaje ‘Pasión’

Antes había irrumpido en el sello Corsario otra línea de trabajo bien distinta y que también se asentaría con el paso del tiempo hasta convertirse en un estandarte más. Los títeres para adultos se cuelan en el repertorio de la compañía con ‘La maldición de Poe’ en 1994 y funcionó, además de abrirles las puertas de la escena internacional que les costaba más traspasar con sus otros montajes. A partir de ese momento, Jesús Peña compatibilizaría su trabajo de actor con el de director y crearía universos fantásticos poblados de marionetas de gran tamaño en ‘Vampiria’ y ‘Aullidos’, repetiría con una segunda versión de ‘Poe’ y con otros personajes de su grandes guiñoles firma el más reciente montaje del grupo, ‘Celestina infernal’.

Del escenario a la dirección se han movido también Javier Semprún, con ‘El cuervo’, de Edgar Allan Poe, según la «versión infiel» de Francisco Pino (2009), y ‘El patio’, de Spiro Scimone (2016); y Luis Miguel García con textos propios: ‘Lima limón’ (2013), ‘Teresa, miserere gozoso’ (2015), la recreación del mundo del Quijote ‘Barataria’ (2016) y el recital ‘El León Felipe’ con versos del poeta de Tábara (2019).

«Yo soy el doctor Frankenstein y Corsario es mi monstruo. Si desapareciera volvería a inventarlo y así una y otra vez hasta la muerte», decía Fernando Urdiales hace 15 años. «… cada muestra de afecto nos colma de alegría y nos hace pensar que el libro de Teatro Corsario aún tiene muchas páginas en blanco que hay que escribir», dice Jesús Peña cuando la nave corsaria recibe las felicitaciones por sus primeros cuarenta.

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