Carapaz suelta la rabia en Peñas Blancas

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Remco Evenepoel se mira la mano, se tienta el muslo arañado y se ausculta la rodilla rasgada, solemne y autoritario en la cima de Peñas Blancas, el bosque quemado a sus pies y la Vuelta amordazada por su hegemonía. Ha caído hace una hora en la circunvalación de Marbella, pero no suelta un lamento, ni flaquea en el puerto largo, otra prueba de solvencia que supera el joven prodigio belga al mando del grupo de notables, a los que no permite apretarle en la meta. Allí espera Richard Carapaz desde hace un rato. Ahora que está despedido de la pelea por la general, el ecuatoriano ha soltado la rabia, un ciclista que siempre se expresa desde el coraje, y ha construido una victoria extraordinaria en el balcón de Estepona.

Los ciclistas tejen sus estrategias con la calculadora en la mano. Richard Carapaz es el campeón olímpico, un vencedor del Giro, y un fichaje estrella del Ineos hace tres años en su espíritu por captar todo el talento en libras. El ecuatoriano, segundo en el último Giro, se había presentado en la Vuelta con la escarapela de candidato, ciclista de fondo con indudable pegada en la montaña. Hace días que se desenganchó de la Vuelta, dejó distancia en la general con Evenepoel y su vagón y se agenció una posición de ventaja. Nadie se iba a interesar por él si se marchaba en una fuga.

La escapada masiva se forma con 32 piezas, uno de esas convocatorias para recordar que pueden entrar en el anecdotario de andanzas del ciclismo. Hay aspirantes cualificados para afrontar la jornada de puerto único, una cumbre estilo Tour, 19 kilómetros, media del 7 por ciento, más de 40 minutos de ascensión, largo aliento. Los puertos verdaderos.

Trabaja el Bora para un ciclista sólido sin grandes ofrendas a su hoja de servicios, Wilco Keldermann, y se mueve siempre insolente el Alpecin para Jay Vine, el vencedor de dos etapas que ganaba a todo el mundo en la bici virtual. Por allí navega Marc Soler, en forma y ritmo diésel apropiado para el puerto.

Pero en realidad la cima invoca a Richard Carapaz, a sus ráfagas de amor propio que lo han encumbrado como un rematador colosal. El sudamericano entiende que tiene una oportunidad, no más, para estrenarse en la Vuelta. Y en ese fuego de todo o nada, carga todas las baterías para desbancar a sus adversarios. En el fogonazo no queda rastro de Vine, Soler o Keldermann.

«He sentido un cúmulo de muchas cosas al entrar en la meta, rabia, y sobre todo felicidad -cuenta el ecuatoriano-. Y también el hecho de haber podido encontrar mis mejores sensaciones». Un golpe en el manillar sin enemigos a la vista resume el talante de este corredor, que el próximo año defenderá al Education First, como ya anunció.

Unos kilómetros más atrás ha caído Remco Evenepoel al deslizar en una curva. El líder muestra un aplomo impropio de sus 22 años. Con calma espera una bici nueva, mientras la imagen enseña las secuelas del dolor: el culotte destrozado, la rodilla negra en una mezcla de sangre, aceite y polvo, el muslo magullado. No se altera ni exhibe desesperación. Agarra una bici nueva, se junta con sus compañeros y solo se incomoda con la palma desnuda de su mano derecha. Hay dolor. Y sin guantes, según las modas al uso en el pelotón. «Mañana me los pondré», previene.

En el puerto Evenepoel se hace fuerte con la misma determinación. De nada sirve el empuje del Jumbo en favor de un Roglic que no saca la cabeza. Ni su equipo es la máquina perfecta del Tour con Van Aert, Vingegaard o Kuss ni él está al nivel con el que avasalló en las últimas tres Vueltas.

Cede el Jumbo y asoma el Movistar, descolgando ciclistas de la fuga (Oliveira, Rojas). El maillot rojo no tiene compañeros a su vera, pero no mueve una ceja cuando Verona y los Movistar con Enric Mas tratan de intimidarlo.

Acepta la soledad y no gira la cabeza cuando acelera y pone al tren en fila. «No sé qué pasó a mi espalda en los últimos dos kilómetros», dice. Miran su dorsal Enric Mas, Roglic, Carlos Rodríguez (que ataca sin miedo), Juan Ayuso y un invitado a la segunda semana, el colombiano ‘Supermán’ López. Evenepoel estira la cabeza, olvida el dolor y desembarca en meta sin intromisiones. Al líder no le cambia el color ni las caídas ni las acometidas de los enemigos.

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